Nuestro cerebro y las heridas emocionales

Cuando hablamos de heridas, solemos pensar en algo físico: un corte, una caída, una cicatriz. Pero lo cierto es que nuestro cerebro procesa las heridas emocionales de una manera muy similar a las físicas. Estudios en neurociencia muestran que las mismas áreas que se activan cuando sentimos dolor físico, también se encienden cuando atravesamos dolor emocional: una pérdida, un rechazo, una traición, una experiencia difícil.

Vanesa Fumero y Cristina Fumero

9/1/2025

Imagen de freepik

Por eso, cada vez que recordamos un evento doloroso, el cerebro puede “revivir” esa sensación como si estuviera pasando otra vez. Es como si la herida volviera a abrirse, aunque no exista un daño físico visible.

Sanar no es olvidar

Muchas personas piensan que sanar implica olvidar, borrar el recuerdo o hacer como que nunca pasó. Pero nuestro cerebro no funciona así. La memoria guarda experiencias para protegernos y ayudarnos a sobrevivir. El objetivo no es eliminar lo vivido, sino enseñarle al cerebro que ya estamos a salvo, que ese dolor pertenece al pasado y que en el presente tenemos recursos para cuidarnos y seguir adelante.

¿Cómo se logra esto?

El proceso de sanar implica:

  • Reconocer lo que sentimos, sin minimizar ni juzgar.

  • Comprender que la emoción y el recuerdo no son peligros en sí mismos, sino señales que buscan nuestra atención.

  • Practicar nuevas respuestas, a través de la terapia, la escritura, la meditación o la conexión con otros, para que el cerebro aprenda que ya no necesitamos reaccionar con el mismo dolor.

Sanar es integrar la experiencia, no borrarla.

Es poder recordar sin que el recuerdo duela igual.

Es darle un nuevo significado a lo vivido, uno que nos permita crecer.

Vanesa Fumero y Cristina Fumero